Vivió en un miserable rancho, sin agua y luz – Hoy habla 7 idiomas y es catedrático en Oxford

Esteban Cichello Hübner nació en Córdoba, Argentina. Su infancia estuvo marcada por la indigencia, el hambre, la penuria, el desamparo y el sufrimiento, pero el amor a su madre y sus imperiosas ganas de salir del montón, lo llevaron a conseguir lo impensable.

De vivir en un rancho con piso de tierra, pasó a ser un brillante catedrático en Oxford

Cuando tenía 6 años, vivía cómodamente en una casa de dos pisos con sus padres y su hermano Daniel. Pero tras salir a pasear con su madre, Ester García, tuvo que presenciar cómo en sus propias narices su padre, Pedro Cichello Hübner, un mecánico de motos, besaba a otra mujer.

Todo terminó en una violenta escena que tuvo golpes, sartenes por los aires y arañazos, que hicieron que Ester dejara a su marido para irse a vivir sola con sus dos pequeños sin tener cómo sobrevivir.

“Ver una escena de tal magnitud de violencia fue una hecatombe en mi infancia. Fue traumático”, recuerda hoy el profesor Cichello Hübner desde Gran Bretaña.

Fue entonces cuando su madre los llevó a un terreno que había comprado su abuela materna Raquel, el único lugar que tenían para vivir -bastante miserable, pero irónicamente estaba ubicado en un barrio de ricos-.

Las condiciones eran realmente infrahumanas. En pleno invierno, tuvieron que valerse de los cartones que su abuela conseguía de su trabajo como mucama en un centro de salud, para lograr cubrir las uniones y evitar que lleguen a la hipotermia.

Sin paredes, con piso de tierra y chapas como techo, ese era su nuevo hogar. No tenían ni baño, ni cocina, y menos aún calefacción. Esteban debía ir a buscar agua y arrastrarla por cientos de metros en unos baldes sobre sus hombros.

Pero incluso cuando ese pequeño de mechas rubias, se bañaba a baldazos, leía a la luz de la luna, y lo único que conocía eran las carencias y las dificultades, siempre soñó en grande.

Sin embargo, un día el destino lo volvió a golpear fuerte. Su hermano había decidido irse a vivir con su padre, mientras que él eligió la precariedad, pero el amor y la protección de su madre no lo cambiaría por nada. Lo peor vino cuando su abuela fue arrollada por un autobús al ir a trabajar, y 42 horas después falleció, dejándolos en el desamparo, ya que ella era la única fuente de ingresos para ambos.

Pero afortunadamente, ya dice el dicho que «Dios ahorca pero no aprieta». A Ester le dieron el empleo de su madre, pero Esteban tuvo que empezar a trabajar con 9 años en una despensa. Iba muy temprano en la mañana, para después ir a estudiar entusiasmado a la escuela.

“¿A quién se le ocurre ser pobre en un barrio de ricos?. El ábrete sésamo de mi vida fue la lectura (…) Yo me rehusaba a ser pobre de palabras. Los diccionarios me apasionaban. Como no me alcanzaba el dinero para comprarlos me puse a juntar unos cables negros, los quemaba y, después, vendía el cobre que quedaba. Con eso, un día, me compré un diccionario de inglés”, recuerda Esteban.

Luego, una vecina tenía unos discos de vinilo para aprender inglés, ese idioma que tanto le llamaba la atención. Esteban los descubrió y le rogaba que se los pusiera… Así que él empezó a entregarle los huevos que ponía su gallina, a cambio de que la mujer le permitiera escuchar sus lecciones diarias del idioma que ahora habla a la perfección.

El destino seguía traicionándolo cuando su madre decidió volverse a casar con un hombre que resultó ser alcohólico y maltratador. Tuvo otros dos medios hermanos, y su padrastro murió después de unos años fruto de sus vicios.

Con 16 años, un Esteban resiliente decidió retar a su destino y labrarse su propio camino, buscando mejores oportunidades. Había leído que «uno se debía embarazar de las cosas que deseaba para su vida. Si uno soñaba con una bicicleta, era muy factible que tuvieras esa bicicleta… pero el sueño tenía que ser muy claro: tenías que soñar el color, el rodado, la marca , el tamaño y hacer todo lo posible para tenerla”.

Fue así como se le metió en la cabeza que quería trabajar en el Hotel Sheraton... Y consiguió una plaza como repartidor de mensajes por cientos de habitaciones. Sin embargo, él estaba hecho para algo más. Pudo viajar a Israel, que era uno de sus sueños, pero trabajando en el campo. Así que cansado de ese tipo de vida fue al hotel Sheraton de Tel Aviv y, muy caradura, pidió ver al Gerente General. Cuando le preguntaron su identidad, dijo:

“Soy Sheraton Argentina”.

El Gerente General que también procedía de orígenes muy humildes, se conmovió y lo puso como “dador de llaves”.

Como no tenía dinero, esos primeros treinta días, durmió en la playa frente al hotel. Después pudo alquilar una habitación con su primer sueldo, y pidió el turno de la noche para en la mañana poder estudiar hebreo.

Ya dominando el idioma, se anotó en la Universidad Hebrea en Jerusalén para estudiar Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. La universidad podía pagarla prestando servicios sociales. Cumplió su sueño y se recibió con honores (Summa Cum Laude) por su buen promedio.

Pero la mente de Esteban no paraba, desde que en un viaje a Gran Bretaña, conoció la Universidad de Oxford, sabía que quería estudiar allí. 

“Siempre hay que anhelar lo mejor. Yo deseaba seguir estudiando y entrar a la mejor universidad del mundo”, confiesa.

Tras mandar miles de solicitudes a las más célebres universidades del planeta, su sorpresa  fue colosal cuando lo habían admitido en: Oxford, Cambridge, Johns Hopkins y Stanford. Pero claro, no todo podía ser perfecto, necesitaba 11 mil libras esterlinas para Oxford, y él no tenía ni una.

Consiguió alguna beca pero ninguna le alcanzaba para Oxford. Intentó reunir dinero primero en Japón, gracias a la invitación de unos amigos para trabajar en la construcción. Y luego por una plaza que encontró en Eurodisney, como recepcionista VIP, ya que sabía 2 idiomas.

En eso estaba cuando del British Council lo llamaron para concederle una beca a Cambridge. Pero de nuevo, su meta era Oxford. Así que lleno de valentía, pidió una cita de 2 minutos, en la que les logró convencer que se la dieran para Oxford, y así fue.

Terminó estudiando tres carreras en Oxford sin jamás pagar una libra esterlina. Y no solo eso: se convirtió en profesor de la institución más prestigiosa del mundo -con casi mil años de antigüedad-, dirigió varios de sus programas y fue tutor de alumnos de todas partes del mundo. También estudió en la Universidad de Salamanca, en España y se desempeñó como profesor en la Universidad de Cambridge. Fueron años intensos y llenos de satisfacciones.

En sus memorias «Las llaves de Raquel», recuerda que su mayor inspiración para todo fue el astro del fútbol, Diego Armando Maradona, su paisano y cuyas historias de superación realmente eran parecidas.

En el año 1995, para los oradores anuales de Oxford, Esteban propuso a Diego Armando Maradona. Se habían conocido en uno de los hoteles en los que trabajó Esteban, cuando éste llevó sus maletas.

En este video puedes conocer más de ese profundo nexo entre Esteban y Maradona:

Además, su madre no pudo quedar en el olvido. Siempre se acordó de ella, y le enviaba el dinero necesario para que viviera cómodamente con su hija. Para cada solemne graduación en Oxford invitó a su orgullosa madre: “Yo tengo mamitis”, confiesa Esteban.

Esteban es la muestra palpable de que cuando se quiere, se puede. Y que no hay obstáculos que valgan cuando se visualiza la meta, y ponemos la vida entera en ello.

“Convicción; claridad, para ver a dónde se quiere ir; fortaleza psicológica para soportar los fracasos, yo me caí muchas veces; preparación, los estudios son la mejor inversión y saber que sin sacrificio no hay beneficio”, dice Esteban sobre cuál fue su clave.

Viajó por 82 países y hasta la fecha no para de estudiar. Habla español, inglés, francés, italiano, portugués, alemán, hebreo y un poco de árabe. Sigue siendo profesor en Oxford y director de programas especiales.

“La pobreza fue mi riqueza, yo me siento una persona súper rica. Porque rico no es quien más tiene sino quien menos necesita. (…) Y yo necesito muy poco para ser feliz”, concluye.

No te vayas sin compartir esta inspiradora historia que solamente nos prohíbe para siempre decir: ¡No puedo!