Navega durante 85 día en un velero cruzando el océano para volver a ver a sus padres

El amor hacia nuestros padres es un sentimiento profundo que experimentamos desde pequeños. Fluye recíprocamente, de padres a hijos, y de hijos a padres. Como padres, hacemos lo imposible por dar todo por nuestros hijos. Como hijos, podemos sentir a veces que lo que nuestros padres nos dan no es suficiente, somos imperfectos, lo queramos o no.

Estamos hechos 50 por ciento de nuestra madre y 50 por ciento de nuestro padre. Aunque hayamos vivido momentos difíciles, heridas incurables o hechos irreconciliables que nos han motivado a rechazar a uno o ambos de nuestros progenitores, pase lo que pase, un hijo no puede escoger, secretamente los queremos igual.

Juan Manuel Ballestero es un hombre de 47 años de edad que se encontraba en la pequeña isla portuguesa de Porto Santo para escapar del distanciamiento social en un lugar libre de virus, días después de que Argentina, su país de origen, cancelara todos los vuelos internacionales para proteger a los habitantes del nuevo brote de COVID-19.

Pudo haberse quedado allí en la isla, sin embargo, el temor de lo que podía pasar en lo que él pensaba que era el fin de los tiempos alejado de su padre, quien estaba a punto de cumplir los 90 años de edad, era sencillamente inaguantable.

De esta forma, Juan Manuel comenzó su viaje a casa de la única manera posible: se subió a su pequeño velero en una travesía desde la Península ibérica hasta el Cono Sur, en lo que se convertiría en una odisea de 85 días navegando a través del Atlántico.

Equipó su embarcación de 29 pies (poco menos de nueve metros) con algunas cajas de atún enlatado y alimentos no perecederos, fruta, varios kilogramos de arroz y zarpó sin más a mediados del mes de marzo pasado.

“No me quería quedar como un cobarde en una isla donde no había casos. Quería hacer todo lo posible para volver a casa. Lo más importante para mí era estar con mi familia”, dijo Ballesteros.

Por su parte, sus viejos amigos trataron de disuadirlo de realizar la expedición por considerarla de alto riesgo para su vida; también las autoridades lusitanas le advirtieron que, de llegar a tener problemas en el viaje quizás no le permitirían regresar, pero Juan estaba resuelto a volver a ver a los suyos a como diera lugar.

“Me compré un ticket de ida y no había vuelta atrás”, dijo.

Sin embargo, sus parientes, que lo conocen bien y acostumbrados a la terquedad y estilo de vida itinerante de Ballestero, sabían que, hicieran lo que hicieran, no le convencerían de quedarse a buen resguardo.

El 12 de abril, las autoridades de Cabo Verde se negaron a permitirle el acceso a la isla para reabastecerse de alimentos y combustible. Con menos combustible del que esperaba, estaría más a merced de los vientos y las mareas.

Sin embargo, con la esperanza de que todavía tuviera suficiente comida para seguir, cambió su destino y enfiló su nave en dirección oeste. Y es que, navegar a través del Atlántico en un pequeño bote es, en el mejor de los casos todo un desafío, mucho más en un contexto de pandemia global. Finalmente, padre e hijo lograron reunirse contra todo pronóstico.

Ballestero ha navegado gran parte de su vida, con paradas en Venezuela, Sri Lanka, Bali, Hawái, Costa Rica, Brasil, Alaska y España.

Comparte esta historia con tus familiares y amigos. Cuando nos hacemos adultos, tenemos dos opciones: aceptar lo que nos dieron nuestros padres, o no. Lo cierto es que gracias a su unión, nacimos. Gracias a ellos estamos con vida.

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