«Había como 200 muertos. Abrí varias bolsas con nombres de hombres pero eran cuerpos de mujeres»

Guayaquil, el puerto marítimo principal de Ecuador y la segunda ciudad más importante después de su capital, se encuentra sumida en una horrorosa pandemia, peor que la del coronavirus: la del desconcierto, el colapso, la desconfianza y el miedo.

Ante la ola de contagios (2.534 en la provincia de Guayas), y para los que ni el gobierno del país ni las autoridades municipales ni sanitarias, estaban preparadas; los ciudadanos tienen que permanecer junto a los cadáveres de sus seres queridos.

Suplican que los vengan a buscar, otros son abandonados en las calles porque ya no pueden soportar el olor o por el pánico a que otros miembros de la familia vulnerables al virus se contagien también.

A ese drama se suma otro peor aún, y es la incertidumbre de qué sucede con los cuerpos de los que murieron en un hospital o los que sí han logrado ser retirados de su hogar.

Las funerarias están colapsadas, y ya ni siquiera existen ataúdes, pero enterrarlos en una fosa común es una alternativa que si bien fue barajada en un principio, ya no es una opción.

El delegado por el Presidente de la República para esa Fuerza de Tarea, Jorge Wated, ha jurado que todos los fallecidos tendrán el entierro digno que merecen.

Pero el crudo testimonio de algunos vecinos de los barrios más pobres de la ciudad, es estremecedor.

“Al principio no la reconocí porque le habían dejado hasta la mascarilla de oxígeno, pero era mi madrecita. Saqué el teléfono y le tomé una foto”, sostiene Víctor Hugo Rosado, guayaquileño de 46 años.

“Llevaba el brazalete del hospital, pero nunca apareció. Tampoco estaba el papel con su nombre. ¡Hasta habían cambiado la bolsa negra que envolvía su cuerpo!”, continúa Víctor Hugo al hablar sobre el drama de su madre fallecida por coronavirus, Juana Susana Cruz, de 68 años.

Además de no haber podido despedirse ni darle una sepultura digna, se suma la de la peor desazón de ni siquiera poder saber si ese cuerpo que indican las autoridades corresponde a su madre.

Ecuador, con 17,5 millones de habitantes, es el segundo de la región en número de muertos (191) y el tercero en contagios (3.747)

Sin embargo, las cifras de fallecidos no cuentan los probables (173), y aunque el número total de muertes rondarían las 400, las bajas reales no corresponden ni por asomo con las estadísticas del gobierno.

“El hombre que llevaba la lista de los cuerpos me decía que mi mamá no había salido. Pero nadie sabía dónde estaba. Entré con él a buscarla a una bodega con 18 cuerpos y abrimos las fundas una por una. Solo llevaba guantes y una mascarilla. No estaba. Luego fuimos a otra sala, con 25 muertos más y otros 6 haciendo fila para entrar. No la veía. Estaba tapada por otro cadáver bien grande y le habían cambiado el nombre. Había un cartel con el de otra señora”, recuerda horrorizado Victor Hugo sobre su pesadilla en la morgue del hospital.

El drama del almacenamiento de cadáveres antes de que sean sepultados está suponiendo una pesadilla de la que muchos quisieran despertar

“Había como 200 muertos en el contenedor y mi papá no estaba ahí, pisé cuerpos y sangre”, dice Guillermo Enríquez, quien tras perder a su padre, tuvo que meterse a un contenedor a las afueras del Hospital Los Ceibos, público, donde se apilaban cadáveres.

Mientras que otro hombre, Willy Maldonado, contó el horror de llevar 9 días buscando a su madre sin éxito alguno:

“Abrí varias bolsas con nombres de hombres en los que había cuerpos de mujeres. ¿Dónde está el trato digno que dice el Gobierno?”, lamenta entre lágrimas.

Mientras que en las rede sociales y los medios locales, se difunden impactantes imágenes de lo que se vive al interior de los hospitales: cadáveres envueltos en plásticos negros tirados en el suelo en salas, en pasillos o en los exteriores. 

Sin embargo, Jorge Wated, mantiene su «falsa» promesa de que todos los que hayan perdido a un ser querido podrán consultar en una lista donde fue sepultado.

«Pero nosotros no sabemos realmente a quién han enterrado ahí», denuncian los familiares de las víctimas.

¡Hasta los animales tienen un entierro o son cremados después de recibir un último adiós de sus dueños! ¡Es desgarrador! Enviemos un mensaje de aliento a estas pobres familias, a las que se les suma el drama de la incertidumbre de ni siquiera saber con certeza dónde llorar a sus seres queridos. ¡Compártelo!

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