Su mamá le decía que jamás se graduaría por ser hijo de un hombre pobre y hace que se arrepienta

Desde que tenemos uso de razón, todas las personas tenemos sueños, anhelos, metas por alcanzar. Algunos los alimentan a punta de optimismo, esperanza y fe, otros se sientan a esperar que el milagro se obre por sí solo y, finalmente hay quienes luchamos y nos esforzamos por hacerlos realidad.

Este es el caso de Julio César, un joven criado en la comunidad de Campestre, Caradaí, Brasil, para ser un trabajador rural. Pero, Julio Cesar soñaba en grande. Quería entrar a la universidad para estudiar Economía.

Comenzó a arar el campo desde muy pequeño, para ayudar a mantener a su familia. Sin embargo, las semillas que mayormente germinaron fueron las de sus estudios, incluso a pesar de que su propia madre pensaba, en un principio, que ese anhelo de Julio sería imposible de alcanzar.

Sin duda, para hacer realidad un sueño, se necesita tener mucha disposición de hacer lo necesario para lograrlo. Este muchacho ávido de conocimiento es un claro ejemplo de ello. Pasó el tiempo, y Julio se convirtió en empleado de un banco, con un doctorado en Economía.

“Soñé en grande y mi madre encontró imposible que el hijo de un hombre pobre hiciera las cosas que yo quería hacer. A los 16 años, ya había trabajado en la tierra de todos los grandes agricultores del barrio. Fue entonces cuando mi padre alquiló un terreno para plantar frijoles”, recordó.

Y, sería un amigo conocido de Julio quien le inspiraría a abrirse camino hacia otros derroteros distintos a la cosecha. Un personaje femenino convertido en secretaria del alcalde de la ciudad.

“Fue la primera persona allegada a mí que vi estar tan cerca de alguien con tanto poder. Y ella era de piel negra y tan humilde como la mía”, dijo Julio César.

Estaba decidido a labrarse un buen futuro académico. Comenzó estudiando en una institución pública, donde, según dice, se abrió a nuevas posibilidades, gracias a los conocimientos y el apoyo recibido de parte de sus profesores en aquel momento.

“Las semillas plantadas allí permanecieron en mi mente. La escuela primaria es, de hecho, un hito en nuestro camino y los buenos maestros nos inspiran de por vida”, reflexionó.

No obstante, cada pequeño logro no estaba exento de dificultades para su concreción. Julio debió superar traumas tales como la creciente dependencia al alcohol de su padre, así como las condiciones de miseria extrema que circundaban su día a día.

El sueño de ir a la universidad parecía estar a años luz de distancia, pero el deseo de cambiar su realidad fue mayor. Sus antiguos maestros así lo entendieron, y decidieron realizar una colecta para pagar el examen de admisión universitaria del joven.

Así, inició su pasantía en Caixa Econômica Federal y, poco después, aprobó el examen de ingreso a Economía en la Universidad Federal de São João Del Rey. Pronto, se vio trabajando en el Departamento de Asesoría Económica del Banco do Brasil, en la Gerencia General.

Pero, no se quedó allí. Julio también fue alumno de la Universidad Católica de Brasilia, y hasta a la Universidad de Liverpool, en Inglaterra, lo llevó su deseo de superación. Hoy es doctor en ciencias y su investigación científica se centra en política pública para la generación de empleo e ingresos.

Finalmente, sus padres regresaron a la escuela, absolutamente inspirados por la determinación de su hijo.

Por su parte, sus hermanas, Luciana y Angelita, casadas y con hijos, ingresaron a la universidad y se graduaron. Ahora son su vena para seguir siendo mejor.

Comparte la historia de Julio, si nos esforzamos, todos podemos cambiar nuestro destino para bien o para mal.